Alicia, coordinadora de capacitación en una empresa de servicios financieros, acababa de concluir la impartición de un programa de ventas consultivas. En sus evaluaciones resultó que el contenido gustó a los participantes, el facilitador también fue de su agrado y nadie se quejó de la logística. Tres meses después, el Gerente Comercial le hizo una pregunta simple que la dejó sin poder dar una respuesta inmediata: “¿ya vimos algún cambio en el equipo?” No era que el programa hubiera fallado. Era que nadie había diseñado qué pasaría después de la última sesión.
La mayoría de las áreas de capacitación miden con solvencia dos cosas al final de una capacitación: si el contenido gustó a los participantes y si aprendieron algo nuevo. Son datos útiles, pero responden preguntas distintas a la que realmente importa para el negocio: ¿cambió algo en el puesto de trabajo como resultado de la capacitación?
Esa brecha entre “aprender” y “aplicar” es lo que se conoce como transferencia de la capacitación al puesto, y es, con frecuencia, la parte del proceso que menos se diseña de forma intencional.
Y hay una razón estructural para ello: el área de capacitación no puede medir la transferencia sola. Necesita al líder del área, porque es quien observa el comportamiento de las personas en el día a día. Cuando Alicia quiso averiguar si algo había cambiado, se topó con que el Coordinador de Ventas, quien supervisa al equipo día a día, nunca supo qué comportamientos específicos debía observar, ni cuándo, ni cómo reportarlos. Nadie se lo propuso; simplemente, fue algo que nunca se acordó.
Tres momentos clave para lograr la transferencia al puesto:
- Antes del programa: El involucramiento del líder de área no debería empezar cuando el curso termina, sino cuando se diseña. Un acuerdo claro sobre qué se espera ver distinto en el puesto le da a la capacitación un destino concreto, en lugar de una intención genérica como “mejorar las habilidades comerciales del equipo”.
- Durante el programa: Las experiencias de práctica que más se conectan con el puesto son las que usan situaciones reales de la operación del participante, no ejemplos genéricos que suenan bien en la sesión pero que no se parecen al trabajo del día a día.
- Después del programa: Aquí se encuentra la evidencia y es donde casi nadie invierte tiempo. El colaborador regresa a un entorno donde su líder directo puede reforzar lo aprendido, ser indiferente ante ello, o incluso, sin proponérselo, reforzar la forma anterior de hacer las cosas. El seguimiento necesita ser un acuerdo explícito con ese líder desde el inicio, no una solicitud de último momento.
Cómo medir la transferencia
Así se ve en la práctica, con un programa de ventas consultivas como el de Alicia:
- Capacitación y los líderes de área acuerdan 2 o 3 comportamientos observables, no genéricos que se enseñan y refuerzan durante la capacitación. No “mejor manejo de objeciones”, sino algo tan específico como “el vendedor hace la pregunta de cierre en la llamada antes de despedirse”.
- Se define quién observa, cuándo y cómo lo registra. Un checklist breve que el líder del área llena a los 30, 60 y 90 días, o el periodo que sea más conveniente, suele funcionar mejor que una encuesta larga que nadie contesta a tiempo.
- Se cruza o vincula esa evidencia con datos que el negocio ya tiene. Tasas de cierre, tiempos de atención, quejas de clientes: información que ya existe y que, cruzada con la observación del líder, empieza a contar una historia más completa que la simple percepción.
El reto casi nunca es la herramienta de medición, más bien, es el acuerdo previo entre capacitación y el líder del área respecto a qué se va a observar y quién es responsable de hacerlo.
Cuando Alicia diseñó su siguiente programa, la diferencia no estuvo en el contenido del curso, sino en una reunión de 45 minutos con el Gerente Comercial y el Coordinador de Ventas antes de arrancar: ahí definieron juntos los comportamientos a observar y quién daría seguimiento. Tres meses después, la conversación fue distinta. Ya no hablaban de qué tan bien había salido el curso, sino de qué estaba cambiando en las llamadas de venta y en los cierres con clientes.
El que una capacitación sea bien evaluada por los participantes no es la meta: es el punto de partida. Lo que ocurre después, y quién lo acompaña, demuestra el impacto y valor de la capacitación para lograr cambios en los puestos de trabajo.
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¿Tu empresa está aprovechando al máximo su presupuesto de capacitación? Algunas señales que pueden indicar oportunidades de mejora son:
- Los programas se repiten año con año sin evaluar su impacto real.
- La capacitación no está alineada con los objetivos estratégicos de la organización.
- La empresa enfrenta dificultades para llevar la formación de manera efectiva a colaboradores dispersos o de alto volumen.
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Diplomado en Capacitación y Desarrollo de Talento
Conoce a la autora:
Yolanda Barquera es Directora de Desarrollo de Talento en IDESAA. Como coach y consultora, dedica su experiencia a transformar la forma en que las personas aprenden y crecen dentro de las organizaciones. Su pasión es diseñar experiencias de aprendizaje que conecten genuinamente con las personas e impulsen su desarrollo personal y profesional.
