No es el compás el que traza el círculo, sino el dibujante. Conocerse a uno mismo.

Uno pensaría que el autoconocimiento es relativamente fácil, después de todo se convive con uno mismo toda la vida, ¿no? Pero lo cierto es que la mayoría de las veces es un camino más sinuoso de lo que podamos imaginar. Primero porque, consciente o inconscientemente, creamos máscaras por miedo a que nos rechacen, o bien, lo hacemos como respuesta a los parámetros de perfección artificial que la sociedad nos muestra como normales. Y luego, porque invariablemente durante el proceso de conocernos mejor encontramos luces, pero también desempolvamos obscuridades, y a nadie le gusta darse cuenta de ello porque te vuelve vulnerable. Sin embargo, conocer esas sombras es el primer paso para comprenderlas y luego sanarlas.

Entre más real y profundo sea el autoconocimiento más puertas se nos abrirán

Brené Brown, investigadora y escritora de varios best sellers sobre liderazgo y vulnerabilidad afirma que “Ser dueños de nuestra historia y amarnos a nosotros mismos a través de ese proceso es lo más valiente que haremos”.

Definitivamente reconocer quiénes somos en realidad y abrazarnos nos empodera y sienta las bases para cambios importantes.

Hacer un ejercicio de autoconocimiento es algo asombroso. Sienta las bases para cambios importantes.

Hace años le pedí a un consejero profesional su acompañamiento porque buscaba entender más mi forma de relacionarme con Dios. Lo primero que me pidió fue trabajar en mi historia personal: lo que recordaba de mi niñez, las experiencias que yo creía que habían marcado mi vida, mis relaciones con la gente más significativa para mí.

Al principio pensé que era algo bastante fácil y hasta llegué a verlo como una “pérdida de tiempo” porque en apariencia nada tenía que ver con lo que yo creía que era relevante para mi inquietud. Pero lo cierto es que entre más escarbaba en mi propia historia más difícil me resultaba terminar, y más respuestas encontraba por mí misma a los cuestionamientos que en un principio me llevaron a pedir la mentoría.

Fue hasta que ahondé en esta parte del yo que me ha acompañado en las diferentes etapas de mi vida, que entonces pude empezar a entender mis actitudes y mi forma de reaccionar en mi contexto presente. Para mí fue muy iluminador, y también liberador, porque dejé en el camino lastres que no sabía que tenía y que me estorbaban. Hacer un ejercicio de este tipo es algo asombroso.

El autoconocimiento es como echar los cimientos del edificio que se quiere construir.

Lo más valioso es tomar conciencia que el autoconocimiento es una fuente de potencial no explotado, que inspira cambios, y marca las pautas para reinventarnos constantemente. Es como echar los cimientos del edificio que se quiere construir. No se levanta una torre si antes no se ha calculado la profundidad de los cimientos que se necesitan para mantenerla en pie. Y para ello es esencial:

  • Ser siempre muy honestos con nosotros mismos
  • Hacer caso a lo que sentimos en el proceso
  • No dejar de reforzar los cimientos al mismo tiempo que construimos

Conocernos es tan emocionante como complicado ya que nuestras experiencias van modificando nuestro ser, por eso vamos cambiando con los años, y por ello es una dinámica que será válida mientras estemos vivos. Entre más real y profundo sea el autoconocimiento más puertas a otros caminos se nos abrirán. Más capaces seremos de abrazarnos y valorarnos, automotivarnos, tener control de nosotros mismos, fijarnos metas más realistas e ir encontrando cada vez más realización en lo que hacemos.

Por último, lo que yo creo es de las cosas más importantes del autoconocimiento, es entender que solo uno mismo -y nadie más- puede llegar a lo más profundo de la propia raíz. Cualquier persona que trate de decirnos quiénes somos, nos estará prestando sus ideas, sus experiencias. Lo que verdaderamente rinde frutos en el autoconocimiento nace de dentro al darnos la oportunidad de averiguar por nosotros mismos. Y cada descubrimiento que hacemos es como una “toma de conciencia”, o como un “antes y un después” en la forma de comprendernos y de relacionarnos con los demás y con la vida.

En un antiguo cuento oriental, “un discípulo fue a despedirse de su maestro y antes de regresar con su familia y a sus negocios le pidió que le diera algo para llevarse consigo. Y el maestro le dijo, -Medita lo que voy a decirte: no es el compás el que traza el círculo, sino el dibujante”. Cada uno es el único instrumento para el propio conocimiento.


Conoce a la autora:

Elisa Bremer es Gerente de Comunicación en IDESAA. Colabora en la elaboración de propuestas de Desarrollo de Talento para las empresas en diversos temas de Liderazgo, Recursos Humanos, Calidad y Administración. Expositora en Congreso Eucarístico Nacional (2015), y actualmente Secretaria y Coordinadora Área Familia de la Comisión Arquidiocesana para los Laicos.